Por @milicomito13
Elle es una estudiante de la prestigiosa Escuela de Diseño de Rhode Island cuya vida cambia por completo cuando una pesada escultura de yeso se desploma sobre ella. Se salva de milagro gracias a Lucas Finch, un misterioso compañero que la empuja en el último segundo. A partir de ese impactante encuentro, nace entre ambos un romance idílico, intenso y aparentemente perfecto. Lucas se convierte en su protector y en el chico ideal que Elle esperó toda su vida. Sin embargo, tras siete meses de pura felicidad, la fachada se desmorona una mañana de febrero. Al entrar por accidente al estudio privado de su novio, Elle encuentra un cuaderno oculto con sus iniciales. Al abrirlo, descubrirá que la perfección de su relación esconde una obsesión milimétrica y peligrosa, donde ningún encuentro fue casualidad y las intenciones de Lucas son mucho más oscuras de lo que jamás imaginó.
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CAPÍTULO 1
13 de abril de 2029, Portland, Oregón.
—Dentro de cada mirada, si nos tomamos el tiempo de analizar cada detalle, se nos revela lo que el corazón realmente siente. Hagamos la prueba —anuncié, recorriendo con los ojos al público concentrado en la sala, hasta hacer contacto visual con una adolescente—. Vos, ¿tu nombre?
—Me llamo Carolina —respondió la chica, un poco tímida.
—Perfecto, Caro. Pasá al frente, por favor.
A pesar de la vergüenza, Carolina dio un paso adelante para cumplir con la consigna. Se paró frente a la obra y observó con absoluta dedicación la pintura colgada en la pared de uno de los mejores museos de la ciudad de Portland.
—Lo que veo en sus expresiones es terror —comenzó a decir Carolina, con la voz un poco más firme—. Terror a algo... como un sentimiento traumático. Como si fuera el escenario posterior a una guerra, o un suceso que marcó sus vidas para siempre; algo que llevarían en la mente hasta el día de su muerte.
Me quedé impresionada. Era una respuesta increíblemente profunda para alguien de su edad.
—Wow... qué buen análisis —le dije, asombrada—. ¿En qué año naciste, Caro?
—En 2013.
—Con tan solo dieciséis años, Carolina pudo hacer un análisis así de profundo y descifrar el dolor en cada uno de esos rostros con una simple pintura —comenté, dirigiéndome al resto de los presentes—. A veces nos olvidamos de que lo que vemos no es tan solo un reflejo de lo que nuestra mente nos hace creer. Nuestros sentidos son tan inútiles como un lápiz sin punta... Si no, pregúntenle a Parménides de Elea, ese gran filósofo.
Me quedé mirando la pintura, analizándola por última vez mientras el público seguía sacando fotos y los flashes iluminaban el lienzo. El recuerdo de lo que realmente ocultaban esos trazos me acarició la nuca.
—Bien —dije, dándome la vuelta con una sonrisa—. ¿Listos para la siguiente parada? Tal vez sea un poco más sombría, pero les aseguro que es muy real. En esta siguiente obra podemos ver a una joven estudiante en una de las escuelas más prestigiosas de arte en los Estados Unidos —anuncié al público, guiándolos por el pasillo del museo hacia el siguiente sector.
23 de julio de 2018, Rhode Island School of Design.
La rutina era simple, pero para mí, como nueva estudiante de arte, era toda una aventura. Un lugar donde podría conocer tantas formas nuevas de ver el mundo del arte, desde una pintura a un lienzo al oleo hasta la alfarería, o incluso mejor: las esculturas. Las esculturas siempre llamaron mi atención. Desde mi preadolescencia comencé a tener cierta obsesión con esa práctica; jugaba con el barro de los charcos donde a veces encontraba arcilla y creaba mis propias figuras. Algo tan sencillo como un perro.
La idea de ir todos los días, de martes a sábados, hacía parecer que mi vida era un poco más interesante. Hasta ese momento no había tenido nada muy emocionante. Siempre la misma rutina, hasta que entré al instituto.
El agudo tono de llamada del celular rompió el silencio de la habitación.
Abrí los ojos con muchísimo sueño, extendí el brazo sobre la mesa de luz a ciegas y agarré el teléfono.
—¿Hola? —balbuceé.
—¡AMIGA! ¿DÓNDE ESTÁS? —el grito de Rosie me taladró el oído.
Me levanté de golpe, con el corazón latiéndome a mil revoluciones por minuto en el pecho.
—¡NOOOOO, ME QUEDÉ DORMIDA! —Miré la hora en la pantalla—. ¡Mierda!, ¿por qué apellido van?
—Benthard.
—Por favor, hacé que la profesora no se vaya. ¡Voy corriendo!
—No corras, amiga, VOLA. Te espero.
Salí de la cama de un salto. Me calcé el jean negro de la noche pasada y una remera cualquiera que encontré en el canasto de la ropa sucia a primera vista. Con el maquillaje corrido, el pelo hecho un desastre y las Converse desatadas, salí lo más rápido que pude, llevando la maqueta bajo el brazo. Tomé el primer taxi que vi en la calle, justo afuera de la residencia donde me hospedaba junto a mi roommate. Parecía mi día de suerte, porque no era muy común encontrar taxis desocupados cerca de los edificios estudiantiles.
—Hola, buenos días. Hasta la Escuela de Diseño de Rhode Island, por favor —le dije al chofer, subiéndome al auto con apuro y la agitación en la cara.
—Okay —asintió él, arrancando de inmediato.
Le mandé un mensaje de texto rápido a mi amiga mientras avanzábamos: “Estoy yendo, ¿por qué apellido van?”.
“Fritz. ¡APURATE!”, respondió Rosie al segundo.
“En cinco llego (por suerte mi apellido es Winter)”, tecleé con los dedos temblorosos.
Diez minutos más tarde, entré al salón como un disparo, empujando la puerta y arrastrando los pies.
—¡Winter! —la voz de la profesora resonó en el aula mientras buscaba con la mirada—. ¿Dónde está Winter?
—Acá, profesora. Disculpe la tardanza —dije, caminando hacia su escritorio con la maqueta entre las manos, intentando recuperar el aire.
La mujer me miró de arriba abajo y se inclinó un poco hacia mí.
—Agradecé que sos de mis alumnas favoritas, Elle —me susurró—. De lo contrario, esto no lo aprobabas ni loca.
—Mucho más que agradecida, profesora —le sonreí, aliviada.
Deje la maqueta en su escritorio y caminé hacia mi asiento junto a Rosie, mostrando una sonrisa de pura satisfacción en la cara por haber llegado a tiempo. Me dejé caer en la silla.
—¿Se puede saber qué carajo te pasó? —me susurró Rosie, cruzándose de brazos.
—Ni me digas —respondí, agarrándome la cabeza y recostándome sobre los brazos cruzados en el pupitre—. Me quedé súper dormida. Entre terminar la maqueta y dar vueltas en Instagram, se me hicieron como las tres de la mañana.
—Menos mal que llegaste justo.
—Sí.
—Y... —Rosie me picó el hombro con una sonrisa pícara—. ¿Con quién hablabas por Instagram?
—Si, dale —me reí, acomodándome en la silla para mirarla—. Como si tuviera tantos pretendientes. Me quedé paveando, nada más.
Rosie me clavó la mirada y frunció el ceño al notar los manchones oscuros debajo de mis párpados.
—Elle, tenés todo el ojo NEGRO.
—¡Ay, qué tarada! Me re colgué con desmaquillarme anoche. Qué bronca. ¿No tenés una toallita desmaquillante o algo?
—¿Qué harías sin mí, eh? —se jactó ella, buscando en su mochila hasta sacar un paquete de toallitas de Neutrogena.
Le agradecí con una seña y empecé a refregarme para sacar el resto de maquillaje corrido. Intentando sonar casual, solté la pregunta que me daba vueltas en la cabeza:
—Che, ¿de casualidad lo conocés a Lucas Finch?
—Ah, sí. Lo escuché nombrar un par de veces, pero nunca hablé con él, la verdad. ¿Por qué?
Me quedé pensando un segundo en aquel chico que la noche anterior había capturado toda mi atención a través de la pantalla del celular. Su perfil tenía algo magnético, casi perturbador, que no me dejaba en paz.
—No, por nada —mentí, guardando el teléfono.
Dos horas más tarde, las puertas del instituto se abrieron y salimos al campus. El sol de la tarde nos recibió con un calor agradable.
—¿Y qué querés comer? —le pregunté a mi amiga, estirándome.
—Perdón, Elle... Hoy no puedo. Ya planeé almorzar con Fred en su casa.
—¡Nooo! —la miré haciendo un puchero exagerado para convencerla—. Yo quería que fuéramos al nuevo lugar de sándwiches que abrió en el patio de comidas. Por favor, te lo pido.
—Dale, Elle, no me mires así. Sabés que hace un montón que no lo veo. Aparte, en unas semanas ya se vuelve a Canadá; tuvimos suerte de que le dieran quince días de descanso.
—Bueno, está bien, podemos ir otro día...
Rosie se compadeció y me dio un abrazo rápido de costado.
—Te quiero, pero Fred me da otras cosas que vos no podés darme...
—¡Ay, Rosie, qué tarada! —me reí y la empujé un poco.