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El interior del Gol Power olía a café frío y a ese perfume de pino barato que ya no lograba ocultar el aroma a encierro. Nicolás apretó el volante con los nudillos blancos. Sus manos, endurecidas por años de cargar bultos y manejar efectivo en las ferias de Solano, temblaban levemente.
No era por el frío —la calefacción del Gol funcionaba al máximo— sino por el espejo retrovisor. Hacía horas que no veía luces detrás suyo, pero no podía dejar de mirar. En su mente, todavía escuchaba el eco de los gritos de Luján y el llanto de Fátima, un sonido que intentaba ahogar con el rugido del motor 1.4.
La Ruta 20 se había convertido en un túnel de algodón. La neblina cordobesa no era vapor, era una pared sólida que se tragaba el haz de luz de los faros.
—Falta poco, Nico. Solo un poco más —se dijo a sí mismo, aunque su propia voz le sonó ajena.
Miró de reojo el tablero del auto. Ese Gol Power 2010 era su orgullo, el trofeo de sus mejores épocas vendiendo zapatillas importadas. Había empezado de pibe con sus viejos, laburando dignamente en los puestos, pero él siempre quiso más. Cuando logró su propio puesto, la plata empezó a entrar rápido. Demasiado rápido. Lo suficiente para comprarse el coche, ropa de marca y para escaparse todos los fines de semana a los boliches, buscando en el fondo de una botella o en brazos de cualquier desconocida el alivio a un matrimonio que ya estaba muerto mucho antes de que él decidiera huir.
Él no estaba celebrando este 9 de julio. Él estaba huyendo de los errores que cometen los que creen que el camino corto es siempre el mejor. Había nacido en una familia de clase media trabajadora, pero él terminó durmiendo con un ojo abierto por culpa de "negocios" en los cuales nunca debió haberse metido.
De repente, la radio, que solo emitía estática, pegó un chillido agudo que lo hizo saltar en el asiento. Fue un sonido gutural, casi como un grito humano distorsionado por el metal.
—¡Mierda! —exclamó, estirando la mano para apagarla.
Fue en ese segundo. En ese ínfimo parpadeo en el que su vista se desvió del camino hacia el dial de la radio.
Al volver los ojos a la ruta, el blanco de la neblina se cortó con una mancha negra. Una silueta humana, demasiado alta, demasiado estática, plantada justo en medio del carril. Nicolás no tuvo tiempo de pensar si era un náufrago de la ruta o una proyección de su propia culpa.
El instinto mandó. Pegó el volantazo.
El Gol respondió con un quejido de neumáticos sobre el asfalto húmedo. El auto perdió adherencia, la banquina se lo tragó y el mundo empezó a girar. El sonido fue una sinfonía de cristales rompiéndose, el estruendo del chasis golpeando la tierra y el golpe seco de su cuerpo contra el techo mientras el cinturón le cortaba el pecho.
Luego, el silencio. Un silencio más pesado que la neblina.
Nicolás abrió los ojos. Estaba colgado boca abajo, con el mundo al revés. El motor se había apagado, dejando solo el "tic-tic-tic" del metal caliente enfriándose. Un hilo de sangre tibia le corrió por la frente, metiéndosele en el ojo izquierdo.
Afuera, el frío del invierno cordobés —ese frío de 11 de la noche en medio de la sierra— empezó a filtrarse por el parabrisas estallado. No había luces de otros autos, ni señales de vida. Solo el blanco infinito de la noche y la sensación de que, aunque él se había detenido, algo allá afuera, oculto en la bruma, acababa de empezar a moverse hacia él.