Por @Luchi_2112
Ming Cooper siempre había sido la chica que pasaba inadvertida en los pasillos de la secundaria San John Baptist. Amaba leer, observar desde lejos y escribir sobre amores imposibles en los márgenes de sus cuadernos. Joong Will Hawking, en cambio, era todo lo contrario: popular, divertido, siempre rodeado de amigos y risas. Para Ming, él era una constelación imposible de alcanzar. Un día, por casualidad, el destino los juntó en un trabajo de Historia. Lo que empezó como una obligación escolar se convirtió en algo que ninguno esperaba: tardes de estudio que terminaban en risas, miradas que duraban más de lo permitido, y un sentimiento que crecía, silencioso, entre las páginas subrayadas. Pero la vida, con su cruel sentido del humor, no siempre une a quienes se encuentran a destiempo. Joong estaba a punto de mudarse a Inglaterra, y Ming apenas comenzaba a entender lo que sentía por él... ¿Podrá el amor sobrevivir a la distancia? ¿O quedará guardado entre las hojas de aquel cuaderno de cuadrícula, junto a los sueños de una chica que aprendió a amar tarde
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El sonido del tren matinal se perdía entre la niebla que cubría el pequeño pueblo de Ashford, al sur de Inglaterra. Era uno de esos días en que el cielo parecía confundirse con el suelo. Y cada respiración formaba un pequeño rastro blanco en el aire helado.
Ming Cooper caminaba con paso rápido, sujetando con fuerza su falda gris. Antes de salir, su madre, Elena Cooper, una mujer de cuarenta años con ojos cansados pero cálidos, la detuvo en la puerta. "Ming, cariño, ¿llevas tu bufanda? El frío te hace caminar más despacio". El primer día de clases siempre le provocaba una mezcla incómoda de ansiedad y esperanza.
El Instituto Central John Baptist se alzaba al final de la calle con sus muros de ladrillo antiguo y ventanas góticas que recordaban a un castillo del siglo pasado. A Ming le encantaba ese edificio. Le hacía sentir que, aunque su vida fuera sencilla, estaba dentro de una historia más grande.
Dentro, los pasillos eran un torbellino de risas, mochilas, saludos y murmullos. Ming caminó con cuidado buscando su casillero. De pronto, alguien giró la esquina demasiado rápido y chocó de lleno con ella.
-Oh, lo siento -dijo una voz masculina grave, algo ronca-. No te vi.
Ming levantó la vista. Frente a ella estaba Joong Will Hawking, el chico del que todos hablaban: capitán del equipo de cricket. Sonrisa fácil, el cabello desordenado, como si el viento jugara a su favor.
-No pasa nada –balbuceó ella mientras recogía sus libros.
-Déjame ayudarte -dijo él, agachándose. Sus dedos rozaron los de ella por un instante y el tiempo pareció detenerse.
Joong sonrió con esa naturalidad que desarmaba a cualquiera.
-Ming, ¿verdad? Te he visto en la clase de matemáticas.
Ella se sorprendió de que supiera su nombre.
-Sí.... Cooper.
-Encantado, Cooper -dijo él, con una media sonrisa antes de alejarse.
Ella lo siguió con la mirada mientras desaparecía entre la multitud. Sintió una calidez extraña, algo entre la curiosidad y la inquietud. No sabía que aquel encuentro torpe sería el comienzo de algo que cambiaría su vida para siempre.
Esa tarde, al regresar a casa, abrió su cuaderno de tapa azul y escribió:
"Hoy conocí a alguien. No sé si el destino existe, pero si existe, creo que acaba de sonreírme".