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Fuera de plano

Fuera de plano

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Marifer

Por @Marifer

📚 Todo público
🌎 Español
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Romántico
Juvenil

Marcos y Sofía son el equipo perfecto. Después de cinco años juntos, acaban de mudarse al departamento que soñaron, un espacio donde cada rincón refleja la estabilidad y el amor que construyeron paso a paso. Se conocen, se complementan y tienen un futuro diseñado a medida. Son, ante los ojos de todos y de ellos mismos, una pareja feliz. Pero la mudanza trae consigo algo que no estaba en los planos: Eloy, el vecino del edificio de enfrente. A través de las ventanas y de paredes que parecen no aislar lo suficiente, Sofía empieza a vislumbrar una vida que no se parece en nada a la suya. Es una atracción sutil, un eco de algo imprevisto que empieza a cuestionar la armonía de su rutina. ¿Qué pasa cuando lo que tenés es suficiente, pero lo que aparece te hace vibrar de una forma distinta?


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Las llaves giraron con esa resistencia mínima de lo que todavía no tiene desgaste. El clic de la cerradura fue, para Sofía, el punto final de una frase que había empezado a escribir hacía cinco años. Al empujar la puerta, el aire la recibió con ese perfume industrial y esperanzador: una mezcla de pintura fresca, laca de madera y el vacío de un lugar que todavía no tiene recuerdos.

—Bienvenida a casa, propietaria —bromeó Marcos.

Lo vio dejar la última caja de cartón en el centro del living. Incluso cargando peso, Marcos mantenía una especie de elegancia natural; la camisa de lino apenas se le había arrugado en los codos. Sofía le devolvió una sonrisa, pero sus pies ya la estaban llevando hacia el ventanal de doble vidrio que dominaba el ambiente.

El sol de las seis de la tarde caía de costado, proyectando rectángulos de luz dorada sobre el parquet hidrolaqueado. Era como estar dentro de una fotografía de revista. Sofía pasó la mano por la pared blanca, sintiendo la textura impecable. Pensó en las planillas de Excel que habían compartido durante meses, en las cenas sacrificadas por horas extra de oficina y en esa sensación de postergación constante que, por fin, se terminaba ahí mismo.

—Es tal cual lo dibujamos, Marcos. Realmente lo es.

Él se acercó y la rodeó por la espalda. Sofía apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Marcos olía a su perfume de siempre, una fragancia cítrica y costosa que nunca fallaba. Le dio un beso suave en la curva del cuello, un gesto que en él siempre se sentía seguro, como un puerto conocido después de una tormenta.

—Tengo algo para el estreno —dijo él, separándose con esa chispa de eficiencia que tanto lo caracterizaba.

Fue hacia la cocina integrada —mármol veteado y grifería negra mate— y sacó de la heladera una botella de Sauvignon Blanc. Ya estaba a la temperatura exacta; Marcos se había encargado de traerla a la mañana temprano, antes de que llegara el camión de la mudanza. Nada quedaba librado al azar.

Mientras servía el vino en dos copas de cristal que brillaban bajo los focos dicroicos, el sonido del líquido cayendo era lo único que rompía el silencio del piso nuevo.

—Mañana a las nueve vienen los de las cortinas —comentó él, concentrado en el brindis—. Ya verifiqué las medidas del riel, van a ser de esas de lino gris que bloquean la luz sin quitarle textura a la pared. Y el lunes pedí el día para recibir la biblioteca de madera maciza. Si mantenemos este ritmo, para el viernes podemos hacer la cena de inauguración con tus padres. ¿Te parece bien?

Sofía tomó la copa, sintiendo el frío del cristal en la yema de sus dedos. Escuchaba a Marcos y sentía una gratitud genuina. Tenía al compañero ideal: alguien que no solo estaba presente, sino que hacía que la vida pareciera fácil, sin fricciones. Sin embargo, mientras él seguía organizando mentalmente la semana, Sofía se quedó mirando el living vacío.

Por un segundo, la perfección del ambiente le resultó extrañamente silenciosa. Era como si todo estuviera tan resuelto, tan "terminado", que no quedaba espacio para la improvisación. Pero sacudió la cabeza; era el cansancio de la mudanza, nada más.

—¿Sofi? ¿Te parece bien el viernes? —insistió él, levantando su copa.

—El viernes es perfecto, amor. Por nosotros.

El cristal chocó con un tintineo limpio. Pero, en ese preciso segundo, un ruido metálico llegó desde el pasillo. Fue el golpe seco de un ascensor viejo que se detenía con dificultad, seguido por una carcajada ronca que se filtró por debajo de la puerta principal. Era una risa fuerte, de esas que no piden permiso, alguien que claramente estaba pasando un buen momento del otro lado del muro.

Marcos frunció el ceño ligeramente, mirando hacia la entrada.

—Parece que el aislamiento del pasillo no es tan bueno como decía el folleto —comentó, volviendo a su vino—. Mañana le pregunto al encargado si es algo habitual.

Sofía asintió, pero su mirada se quedó fija en la puerta de madera. No era molestia lo que sentía, sino una curiosidad involuntaria. En medio de su burbuja de planes, lino gris y copas de cristal, ese sonido desprolijo y humano había sido lo único que no estaba en el contrato.

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