Por @Tomates1233
El Hombre Gato fue una figura enigmática y una leyenda urbana que aterrorizó a la provincia de Buenos Aires a partir de agosto de 1984. Se trataba de una persona con ropa oscura y una cara muy espeluznante que trepaba techos, emitía maullidos escalofriantes y agredía a vecinos.
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La noche de 1984 estaba inusualmente cerrada en los campos de la provincia de Buenos Aires. El viento frío de la llanura arrastraba un olor a pasto mojado y a puro terror.
Un hombre corría desesperado, esquivando malezas y tropezando con las irregularidades del suelo. El pecho le ardía y el aire apenas le alcanzaba. Detrás de él, a pocos metros, se escuchaba un jadeo extraño: una mezcla de respiración humana agitada y un ronroneo grave, casi metálico.
El hombre miró hacia atrás un segundo. Entre las sombras del monte, vio dos ojos amarillos y brillantes que se movían a una velocidad imposible, saltando de forma ágil entre los arbustos. Era él. El Hombre Gato.
Un grito de pánico quedó mudo cuando una silueta humanoide, pero con la agilidad y las garras de un felino enorme, se abalanzó sobre él desde la copa de un árbol. La oscuridad se tragó el último rastro de su existencia.
Pasaron los años. Aquellos ataques nocturnos que habían aterrorizado a los pueblos en los ochenta se archivaron en las comisarías y se borraron de los diarios. La histeria colectiva se enfrió, y el Hombre Gato pasó a ser una leyenda para asustar a los chicos antes de ir a dormir.
En el invierno del año 2002, el frío calaba hondo. En una cocina templada por una estufa a garrafa, Agustín, de doce años, miraba fijo a su abuelo Tito mientras este cebaba un mate amargo.
—Te lo digo en serio, Agus —dijo el viejo, acomodando la bombilla—. En el 84 nadie quería salir después de las diez de la noche. Decían que era un tipo que había hecho un pacto, o un experimento que salió mal. Se trepaba a los techos y te saltaba encima desde los árboles del campo. Mi primo hermano vio las marcas de las garras en la puerta de un galpón.
Agustín escuchaba con los ojos abiertos de par en par, sosteniendo un alfajor a medio comer, debatiéndose entre la intriga y el escalofrío que le recorría la espalda al mirar por la ventana hacia el patio oscuro.
—¡Tito, cortala con esas pavadas! —la voz de la mamá de Agustín interrumpió el ambiente, entrando a la cocina mientras se secaba las manos con un repasador. Miró al abuelo con el ceño fruncido—. Después el chico no puede dormir y tiene pesadillas toda la noche.
El abuelo Tito soltó una risita cómplice y tomó un sorbo de mate, restándole importancia con un gesto de la mano.
—Dale, Agus, a lavarse los dientes y a la cama —ordenó la mamá, señalando el pasillo—. Mañana tenés que ir al colegio temprano y no te vas a poder levantar.
—¡No, má, pará! —protestó Agustín, aferrándose a la silla—. No tengo sueño. Dejame que el abuelo me termine de contar. ¿Qué pasó con el hombre que corría?
—Nada de "pará". Mañana me vas a andar llorando porque tenés sueño. Vamos, a la cama ya —sentenció ella, con ese tono firme que no admitía discusión.
Agustín arrastró los pies con pesadez hacia el baño. El pasillo de la casa, que antes le parecía de lo más normal, ahora se veía larguísimo y lleno de sombras que parecían moverse con el viento que golpeaba la ventana. Agustín terminó de lavarse los dientes, apagó la luz del baño y caminó rápido por el pasillo. Entró a su pieza, se metió adentro de la cama y se tapó hasta la nariz con las sábanas, tratando de sacarse de la cabeza la historia del abuelo. La habitación estaba completamente a oscuras, y el silencio de la noche solo era interrumpido por el zumbido lejano de la estufa.
De repente, un sonido seco lo congeló por completo.
*Ras... ras... ras...*
Eran garras. Algo estaba arañando el vidrio de su ventana de manera lenta y constante, como si buscara una forma de entrar.
Agustín se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole con tanta fuerza que sentía que le iba a saltar del pecho. Quiso mirar, pero las cortinas gruesas bloqueaban toda la luz de la calle, impidiéndole ver qué había del otro lado. El miedo lo paralizó; la sola idea de que el Hombre Gato estuviera parado en el patio, del otro lado del vidrio, lo aterrorizaba.
Entonces, rompiendo la tensión del ambiente, se escuchó un maullido a lo lejos. Pero no era el maullido de un gato común; era un sonido largo, agudo y casi humano, que se perdió en la penumbra de la noche, dejando a Agustín temblando bajo las mantas.
—No existe, no existe. Mamá dijo que no existe. Es solo un gato común en el techo. No existe... —susurró Agustín en la oscuridad, apretando los párpados con tanta fuerza que veía chispas de colores detrás de los ojos.
Repitió la frase una y otra vez, como si fuera un rezo, un escudo invisible contra las garras que arañaban el vidrio. Afuera, el viento de la llanura pampeana soplaba con fuerza, haciendo crujir las ramas secas del ciruelo del patio. El sonido del rasqueteo en la ventana finalmente cesó, reemplazado por el silbido constante del chiflete que se colaba por debajo de la puerta. Agustín, exhausto por la tensión y el miedo, sintió que el cuerpo se le aflojaba de a poco. Con el eco del maullido extraño flotando todavía en su cabeza, se durmió profundamente, entregándose a un sueño pesado y sin imágenes.
Al día siguiente, el despertador sonó a las siete de la mañana. Agustín se levantó con los ojos hinchados y una pesadez en el cuerpo que parecía de plomo. El frío de agosto en el año 2002 no daba tregua; el rocío de la noche se había congelado sobre las chapas del techo y el pasto del jardín parecía cubierto por una capa de vidrio molido. Se puso el abrigo sobre el uniforme de la escuela, tomó la mochila y caminó hacia la cocina. Su mamá ya le había preparado una taza de leche caliente con cacao para combatir el frío. El abuelo Tito ya no estaba en la mesa; solía levantarse aún más temprano para ir a comprar el diario y caminar por el barrio.
—¿Dormiste bien, hijo? —le preguntó su mamá, acariciándole la cabeza mientras le entregaba la taza humeante.
—Sí, má, re bien —mintió Agustín, sin querer admitir que el terror lo había tenido despierto media noche. No quería que ella pensara que las historias del abuelo realmente lo afectaban, porque si no, nunca más lo dejaría quedarse a escuchar las charlas nocturnas.
Agustín terminó la leche de un trago, se despidió con un beso y salió a la calle. El aire helado le golpeó la cara de inmediato, despabilándolo por completo. Caminó las cinco cuadras que lo separaban de la Escuela N° 12, con las manos metidas en los bolsillos de la campera. Al llegar, el patio de baldosas rojas ya estaba lleno de chicos que corrían para calentarse el cuerpo antes de que sonara la campana para formar fila.
En una de las esquinas del patio, cerca del mástil de la bandera, lo esperaban sus dos mejores amigos: Lucas y Matías. Lucas era el más racional del grupo, siempre buscando una explicación lógica para todo, mientras que Matías era todo lo contrario, un fanático de los ovnis, los fantasmas y cualquier misterio que cayera en sus manos.
—¡Che, Agus! —gritó Matías apenas lo vio acercarse—. Tenés una cara de dormido que no podés con ella. ¿Qué te pasó? ¿Te quedaste jugando a la Play hasta tarde?
—Ojalá —respondió Agustín, acomodándose la mochila—. Mi abuelo me estuvo contando la leyenda del Hombre Gato anoche. La que pasó acá en el campo en el 84.
Lucas soltó una carcajada y se acomodó los anteojos.—¿Otra vez con eso? Mi viejo dice que esa historia la inventaron los grandes para que los pibes no salieran a la calle de noche durante la época de los milicos y después de la dictadura. Es un mito urbano, Agus. No existe ningún tipo con garras de gato.