Por @gian123
Buenos Aires, año 2028. Una serie de brotes inexplicables de violencia comienzan a sacudir la ciudad. Al principio, los medios lo llaman “ataques de histeria colectiva”, luego “una nueva droga en el conurbano”. Pero cuando los hospitales colapsan y los trenes dejan de llegar a destino, la verdad se vuelve imposible de ocultar. En medio del caos, Tomás Rivas —médico residente del Hospital Ramos Mejía— toma el subte junto a su compañera de guardia, Valentina Suárez, rumbo a una nueva jornada que ya presienten interminable. Nada parece fuera de lo común, hasta que el tren se detiene entre estaciones y el silencio se vuelve demasiado profundo. Del otro lado del túnel, algo golpea la puerta. Algo que no debería moverse. Pronto, Tomás y Valentina deberán abrirse paso por una ciudad que se desmorona, decidir en quién confiar… y descubrir que, a veces, el verdadero peligro no está en los infectados, sino en los vivos. Tus decisiones decidirán quién sobrevive… y qué queda de vos cuando todo lo demás se derrumba.
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La línea B siempre olía a hierro viejo y humedad.
A esa hora, las seis y media de la mañana, los vagones iban casi vacíos: apenas unos trabajadores dormitando, una madre con su hijo, y un vendedor de café instantáneo que murmuraba un “buen día” apagado.
Tomás miraba por la ventana del vagón. El reflejo le devolvía una cara cansada: ojeras profundas, piel pálida, mirada fija. Llevaba tres guardias seguidas y un termo con más mate que energía.
A su lado, Valentina hojeaba unos apuntes manchados de tinta y respiraba con esa calma aparente que sólo ella lograba mantener.
El vagón se mecía con el sonido repetitivo de los rieles: clac-clac, clac-clac.
—¿Dormiste algo? —preguntó Tomás sin apartar la vista del vidrio.
—Unas dos horas… —respondió ella—. El hospital parecía una guardia de guerra anoche. Entraron cinco pacientes con convulsiones, todos con la misma mirada… como si no reconocieran nada.
Tomás giró hacia ella.
—¿Otra vez del barrio Illia?
—Sí. Dicen que hubo disturbios. Pero nadie explica por qué.
El tren avanzó unos metros más y luego se detuvo bruscamente. Las luces titilaron una vez… dos… y luego quedaron fijas en un parpadeo intermitente.
Un murmullo recorrió el vagón.
Un chico golpeó la puerta con la palma.
—Che, ¿por qué frenamos?
El silencio se volvió espeso.
Solo se escuchaba el zumbido eléctrico del techo y, a lo lejos, un sonido que parecía venir desde las vías… algo que se arrastraba, metálico, irregular.
Tomás se levantó.
—Voy a ver si puedo mirar por la ventanilla del conductor.
Valentina lo siguió sin decir nada.
A medida que avanzaban por el pasillo, las luces del vagón siguiente se apagaron por completo.
El silencio ahora era total.
Solo el eco del propio corazón.
Entonces, algo golpeó la puerta del otro lado del túnel.
Una, dos, tres veces.
No con fuerza. Sino con desesperación.
—Debe ser alguien del servicio de mantenimiento —susurró Valentina.
Pero en su voz había una duda.
Y en el rostro de Tomás, también.
El golpe volvió, más fuerte.
Esta vez, acompañando un sonido gutural, como un gemido contenido en sangre.
La madre abrazó al niño.
El vendedor de café retrocedió un paso.
Y Tomás… sintió, sin entender por qué, que esa mañana nada iba a seguir siendo igual.
El tren volvió a vibrar… pero no se movió.