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Ana y el color del amor

Ana y el color del amor

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Lud_19

Por @Lud_19

📚 Todo público
🌎 Español
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Finalizada
Romántico
Juvenil

Ana, una chica de dieciocho años que ama teñirse el pelo de mil colores, los dulces y las historias de amor de las series, se siente diferente al resto: es la única de su familia y su grupo de amigos que no sabe lo que es enamorarse. Cree que su corazón funciona de forma distinta, hasta que un día conoce a Gael, un chico reservado que comparte exactamente sus mismos gustos y su forma de ver el mundo. Entre charlas, miradas cómplices y dulces, descubre que el amor no es como lo imaginaban todos: no hay tormentas ni nervios, sino una paz inmensa y la certeza de ser comprendida tal como es. Juntos construyen su propio universo, donde querer es aceptar cada detalle del otro, y aprenden que el amor no tiene una sola forma ni un solo color. Ana entiende que su forma de sentir es única, que no era una excepción, y que por fin vivía su historia real: esa que es refugio, felicidad, comprensión y mucho más bonita que cualquier cosa que hubiera visto en una pantalla.


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Ana tenía dieciocho años, estaba cursando cuarto año de la escuela secundaria, y tenía una vida que, vista desde fuera, parecía completa, llena de gente, de risas y de cariño, pero que para ella misma se sentía como una sala llena de gente donde, extrañamente, ella siempre estaba sola.

Era bajita, de esas chicas que siempre tenían que ponerse de puntillas para alcanzar las cosas de los estantes altos o para ver por encima de la multitud. Tenía el pelo largo, muy negro, brillante y espeso, pero ese negro natural casi nunca se veía del todo, porque Ana tenía una costumbre que la definía: se teñía el pelo de mil formas diferentes. Un mes tenía mechones rosas pastel, al siguiente el cabello entero era azul eléctrico, luego morado, luego naranja fuego. A veces lo dividía en secciones y lo pintaba de tres o cuatro colores distintos. Para ella, su pelo era un lienzo, y cambiarlo era la única forma que tenía de expresar lo que sentía, o más bien, lo que no sentía.

Porque Ana tenía un secreto, o más bien, una situación que ya empezaba a pesarle en el pecho: era la única persona de todo su mundo que no sabía lo que era enamorarse. Y no es una exageración decir "todo su mundo".

En su casa, Ana era la menor de cuatro hermanos. Sus tres hermanos mayores ya tenían novias serias, venían a comer a casa, pasaban los fines de semana juntos, hablaban de planes futuros, de viajes, de regalos. En las cenas familiares, la mesa se llenaba de conversaciones sobre quién dijo qué, qué detalle bonito tuvo él, qué sorpresa le preparó ella… y Ana se sentaba en su sitio, comiendo en silencio o haciendo bromas para distraer, sonriendo, aplaudiendo la felicidad de los demás, pero sintiéndose como una extranjera en su propia familia.

Y lo mismo pasaba con su grupo de amigos. Eran seis en total, desde que iban al jardín de infantes, inseparables. Pero poco a poco, uno tras otro, fueron cayendo en las redes del amor. Primero fue Sofía, su mejor amiga, que empezó a salir con Tomás. Luego fue Julián, que se enamoró de una chica de otra división. Después fue el turno de Manuel, luego de Lucía y finalmente de Pablo.

Así que ahí estaba Ana, sentada en la cafetería de la escuela, o en la plaza los fines de semana, rodeada de parejas. Veía cómo se daban la mano debajo de la mesa, cómo se miraban con esos ojos brillantes que parecían tener un lenguaje propio, cómo se enviaban mensajes de texto 24 horas al día, cómo hablaban de "mariposas en el estómago", de nervios, de no poder dormir pensando en el otro. Y Ana… Ana solo miraba, escuchaba y sonreía.

—¡Vamos, Ana! —le decía Sofía un día, dándole un empujoncito amistoso mientras comían—. Tienes que salir más. Conocer gente. ¡Eres genial! Mírate: eres divertidísima, eres creativa, eres la más guapa de todas con esos colores en el pelo… ¡¿cómo es posible que nadie te haya robado el corazón todavía?!

Ana se encogía de hombros y le daba un mordisco a su cake pop. Porque si había algo que amaba en este mundo, algo que realmente le provocaba emoción y felicidad, eran los cake pops. Esas bolitas de pastel cubiertas de chocolate, con palito, de mil sabores y decoraciones distintas. Ana conocía todas las tiendas de la ciudad que los vendían, sabía cuáles eran los mejores, cuáles tenían más relleno, cuáles eran más dulces. Eran su debilidad, su vicio, su pequeño gran placer.

—No sé… —respondía Ana, chupando un poco de chocolate que se le había quedado en la comisura de los labios—. Creo que mi corazón funciona con otro sistema operativo. Todos ustedes hablan de esa sensación, de que el mundo se detiene, de que tiemblas… y yo, con los chicos que he conocido, pues… me caen bien, me parecen simpáticos, guapos… pero nada. Es como si me faltara un cable o algo.

—¡Tonterías! —intervenía Tomás, dándole la mano a Sofía—. Simplemente no ha llegado el indicado. Ya verás, Ana. Cuando llegue, te vas a dar cuenta en el mismo segundo. Es algo que se siente aquí —y se tocaba el pecho con dramatismo.

Ana asentía, pero por dentro pensaba que quizás eso nunca le pasaría. Porque la realidad era que ella casi no salía. Tenía cuarto año, sí, y la escuela le ocupaba mucho tiempo, pero fuera de eso, Ana era de esas personas que preferían mil veces quedarse en su habitación que salir a fiestas o reuniones ruidosas.

Su habitación era su refugio, su pequeño reino personal. Allí pasaba la mayor parte de su tiempo libre. Sus padres a veces le decían: "Ana, ¿por qué no sales un poco? ¿Por qué te encierras tanto?". Pero es que Ana tenía sus propias formas de divertirse, formas que a nadie más de su círculo parecían entender.

Le encantaba ver K-Dramas. Esas series coreanas que veía en su tablet, donde todo era emotivo, bonito, donde el amor se construía despacio, con detalles, con miradas, donde las historias eran dulces y a veces tristes, pero siempre llegaban al corazón. Podía pasarse el fin de semana entero viendo capítulo tras capítulo, llorando riendo, sintiendo cada emoción como si fuera suya. Para ella, eso era el amor: lo que veía en las pantallas, lo que leía en los libros, lo que imaginaba en su cabeza.

También le gustaba mucho la cultura asiática, la música pop coreana, aprender las letras de las canciones, bailarlas frente al espejo de su cuarto, coleccionar álbumes y pósters. Sus amigos y hermanos se reían cariñosamente de ella, le decían "estás en tu propio mundo", pero ninguno compartía esos gustos. Cuando intentaba contarles lo que sentía con tal canción o tal escena de una serie, la miraban con cara de no entender nada y cambiaban de tema para hablar de fútbol, o de fiestas, o de planes de parejas.

Así que Ana se acostumbró. Se acostumbró a ser la única soltera, la única que no entendía esas emociones, la que vivía en su cuarto, rodeada de sus cosas, de sus colores, de sus historias ficticias, comiendo cake pops y pensando que tal vez, solo tal vez, ella no estaba hecha para el amor real. Que quizás estaba destinada a vivir enamorada de personajes de ficción para siempre.

Y así pasaron los meses. Ana siguió tiñéndose el pelo de colores nuevos: verde esmeralda, lila, rojo fuego. Siguió yendo a la escuela, sentándose con sus amigos que se hacían arrumacos, siguió comiendo sus dulces favoritos, siguió viendo sus series y guardando silencio sobre lo que sentía, o sobre lo que le faltaba. Hasta que un día, un martes cualquiera, todo cambió.

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